La emergencia climática, su doble negacionismo y el Cabildo de Gran Canaria

A lo largo de toda la vida, desde los 18 años, he estado vinculado de una forma u otra al ecologismo. Hace treinta años abundaba el negacionismo sobre el cambio climático. Me hice “adulto” escuchando a bastantes políticos y muchos ciudadanos diciendo que era simplemente una invención y una exageración de nosotros, los ecologistas. Esta visión ha ido rebajando poco a poco sus adeptos, y ya muy pocos la reivindican, con la única excepción últimamente de la ultraderecha que se ha apuntado con Trump y Bolsonaro al discurso negacionista.

Por otro lado, ya hace unas décadas, nos encontrábamos con discursos que primaban la defensa de la avifauna contra el impulso de la energía eólica, y sobre todo un discurso apocalíptico, que nos decía que era imposible “reformar” el capitalismo y que era inminente la caída y derrumbe del sistema. Esta vertiente, liderada en el estado español, por Pedro Prieto hacía (y hace) un voraz ataque a las energías renovables y pronosticaba que el petróleo estaría prácticamente agotado en unos pocos años (en torno al año 2020!!). La única alternativa, para muchos de ellos, es el “decrecimiento” y el fin del capitalismo, sin saber muy bien qué es lo que lo sustituiría. En definitiva, una especie de parálisis total, que considero que lo único que provoca en la ciudadanía es una huida hacia adelante y un “salvese quien pueda”. He oído a algunas personas después de escuchar este discurso decir: “¿si el mundo va a colapsar, de todas maneras, para que voy a hacer algo por el planeta?. Seguiré poniendo el aire condicionado a toda mecha y yendo en mi coche privado….”.

Por supuesto que la eficiencia, el ahorro energético y una sociedad muchas más compensada en los niveles de consumo es absolutamente necesaria, pero tampoco podemos quedarnos sentados hasta que el colapso nos sorprenda. Además de todas estas medidas, debemos construir unas sociedades más adaptadas y preparadas para el cambio climático. Unas sociedades que a través de sus gobiernos y de la concienciación de su ciudadanía intente mitigar, adaptarse y luchar para que la creciente crisis climática no nos extermine. Mientras continuamos la lucha contra el negacionismo por parte de sectores políticos y de algunos estados, debemos construir alternativas (que en mayor o menor escala) nos ayuden a transformar una parte de nuestra realidad.

Momento del coloquio organizado por la Cadena SER entre Antonio Morales y Pere Estupinyá

Por todo ello, no puedo estar más de acuerdo con las conferencias que impartieron en el día de ayer, el investigador científico catalán, Pere Estupinyá, y el Presidente del Cabildo de Gran Canaria, Antonio Morales. Este Cabildo ha realizado un esfuerzo inconmensurable en desarrollar una eco-isla que no se queda en el cartel publicitario, sino en un compromiso en acciones inmediatas que han puesto a la isla en el buen camino. Un camino difícil y complejo, pero realizable.

En primer lugar el desarrollo clave del proyecto del “Salto de Chira”, que se convertirá en una herramienta fundamental para poder almacenar energía y lograr que la penetración de las energías renovables pueda superar el 50%. Se trata de una central única en el mundo, que mediante un salto de agua entre las presas de Chira y Soria almacena el excedente de energía renovable que ahora no se utiliza y que nos permitirá aumentar la penetración de energías renovables. El agua se desalará en Arguineguín y se impulsará hasta las presas, generando además de esta manera 700.000 metros cúbicos de agua anuales, para el desarrollo del sector primario, la reforestación y la lucha contra los incendios forestales. Permitirá una fuerte reducción de las emisiones contaminantes de dióxido de carbono y la reducción de las importaciones de combustibles fósiles ahorrará 122 millones de euros anuales de los costes de generación de energía en nuestra isla.

Pero los avances no sólo se fundamentan en este proyecto sino en el desarrollo de una estrategia insular de adaptación al cambio climático e impulso de una economía baja en carbono en Gran Canaria, lo que convierte al Cabildo de Gran Canaria en la única institución de Canarias que cuenta con un plan de adaptación al cambio climático.

Esta estrategia que plantea más de 35 soluciones concretas, adaptadas al territorio, cuantificadas económicamente y que el Cabildo ya ha puesto en marcha y se desarrollarán hasta el 2030. Estas medidas tienen como prioridad la conservación ambiental y el impulso del sector primario sostenible; la transición energética y la gestión del agua, la economía circular, la movilidad sostenible y la adaptación de infraestructuras públicas, así como la necesaria coordinación entre administraciones y la participación ciudadana. Es imposible aquí desarrollar todas las medidas, pero algunos ejemplos muy interesantes son la reforestación de más de 160.000 árboles (con hincapié en la laurisilva), el pastoreo controlado para la prevención de incendios, la restauración natural del litoral con riesgo de inundaciones marinas, control de residuos y economía circular, etc.

Desde mi punto de vista el reto mayor que tiene nuestra eco-isla es revertir la situación actual de la movilidad, que genera más del 60% de nuestra contaminación. No sólo basta con las medidas valientes que están tomando algunos municipios, como Las Palmas de GC, para fomentar los transportes blandos, sino que el Cabildo junto con el Gobierno de Canarias debe apostar más todavía para “descarbonizar” el transporte entre los centros neurálgicos de la isla, las vías del norte y la GC-1. Los carriles BUS-VAO y/o el tren se deben incorporar cuanto antes a las mejoras que se han promovido en la red de transporte colectivo con la rebaja de los bonos que ha logrado subir más viajeros a las guaguas.

Como dijo el Presidente del Cabildo ayer y repiten muchas personas de bien en la actualidad, somos la primera generación que es consciente plenamente de la emergencia climática pero quizás sea la última que este a tiempo de poder hacer algo. Por ahora Gran Canaria lo está haciendo.

En 2020, la bici será una realidad atractiva

Crecí y pase mi adolescencia en una Canarias donde todos mis amigos, nótese el masculino, querían llegar lo antes posible a la mayoría de edad. La principal razón, disponer de la capacidad de conducir y preferentemente tener un coche, a mayor cilindrada mejor. Tengo la impresión de que durante años y todavía hoy, en parte, ha sido el automóvil un símbolo de estatus y en el caso de los hombres, hasta de masculinidad.

El coche desde hace ya muchos años ha sido, y todavía sigue siendo la estrella en Canarias. Quizá porque al salir de una situación de pobreza casi en los años 80, los canarios hemos intentado mostrar nuestra nueva capacidad económica, marcando distancias con los objetos más tradicionales y lanzándonos en brazos de aquello que sólo unos pocos en el pasado podían permitirse, como los vehículos de motor, mientras que a las personas que van en transporte público o bicicleta, se les ve como a personas humildes, sin posibilidad de permitirse comprar un coche, o dicho en otras palabras, gente menos pudiente.

Los datos son contundentes, mientras en grandes ciudades europeas el ratio de coches por cada 1000 habitantes es de unos 450 como mucho, o en islas turísticas como Mallorca, es de unos 400, en nuestro Archipiélago la estadística es de más de 700 automóviles por cada 1000 habitantes, una de las más altas del mundo.

Yo no tenía esa pulsión por tener coche a esa edad. Poco después participando en el movimiento ecologista, entable relación con otros jóvenes que no teníamos ni queríamos coche y me di cuenta de la necesidad, no sólo por cuestiones “estéticas”, sino sobre todo por razones ambientales y del futuro de las Islas, de la imperiosa obligación de ser coherentes y apostar por la movilidad sostenible.

La movilidad sostenible no significa que no se puedan o deban utilizar los coches, significa la necesidad de buscar fórmulas para el uso racional de los medios de transporte por parte tanto de los particulares como de los profesionales. Como hemos comentado, a esta “cultura pro-coche” de la población se une un modelo urbanístico donde se han construido unas islas donde la edificación de viviendas de forma dispersa y la concentración de actividades han hecho muy difícil abandonar el coche, y si a esto le sumamos que la mayoría de las administraciones no han apostado de verdad por la movilidad sostenible y por la extensión de los transportes alternativos, logramos la “tormenta perfecta” que vivimos en este Archipiélago en la actualidad. Un ejemplo de este problema es que en el reparto de movilidad en nuestra ciudad el coche casi llega al 70% de los desplazamientos y en torno a un tercio de los desplazamientos en coche que se realizan diariamente son de menos de 2 ó 3 kilómetros.

Las Palmas de GC no tiene por qué ser una excepción

Estoy convencido que esta ciudad no es una excepción, como en otras ciudades europeas o españolas, la bici puede triunfar, la bici también puede ser “atractiva” para una gran parte de la población. Pero la bicicleta no triunfará en nuestra ciudad por generación espontánea, esperando un cambio cultural, como en otras ciudades, se necesitan medidas valientes que impulsen infraestructuras y servicios que generen seguridad y comodidad al usuario.

Esas medidas valientes ya han comenzado por parte del gobierno de la ciudad en este 2019. En primer lugar la construcción de una red de carriles funcional que discurre por las vías y calles principales, esta red es bidireccional y homogénea, muy reconocible por la ciudadanía. Esta red tendrá una nuevo avance en 2020 y se sumarán también una buena red de aparcabicis. En segundo lugar, la consolidación de un sistema público de transporte de bicicletas, Sítycleta, moderno y a la vanguardia de Europa, que tiene ya después de un año de funcionamiento más de 2000 abonados anuales y unos 8.000 usuarios ocasionales (con un 25% de uso turístico). Un sistema con estaciones y bicicletas robustas que genere seguridad al ciudadano, que sabe que siempre puede disponer de bicis en las estaciones que no distan más de 500 metros, con el desarrollo de bicicletas eléctricas, que esperamos en 2020 sean una realidad que nos permita acercar este transporte a Ciudad Alta.

A todo esto hemos sumado mayores medidas de calmado del tráfico, medidas favorecedoras de la utilización de la bici con otros modos de transporte (intermodalidad) y una fuerte campaña de concienciación ciudadana y escolar, que ya ha comenzado a través del Programa “Intercombi” y que pretendemos reforzar en 2020.

En Sevilla, Barcelona u otras ciudades se ha logrado que una parte de los usuarios del coche lo dejen aparcado para “enamorarse” de la bicicleta, en unos años han pasado del 1% de usuarios de la bici hasta aproximadamente el 8 % del total de los movimientos. En 2020, espero que el coche pierda atracción y la bici sea cada vez más atractiva, cómoda y segura. De todos depende, y este ayuntamiento ha empezado a hacer sus deberes.

Artículo publicado en la Revista EnergyHub en enero de 2020.

Metroguagua: La solución “francesa”

En el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria hemos elegido el sistema de BRT (Bus de Tránsito Rápido), que en nuestro caso hemos venido a llamar MetroGuagua, para acercarlo así a todos los ciudadanos, ya que no es otra cosa que una nueva línea de alta capacidad que amplía y complementa la actual red de Guaguas Municipales.

Esta elección no ha sido ni un capricho ni fruto del azar, sino que responde a diversos estudios técnicos que recomiendan esta alternativa para una ciudad de nuestro tamaño y población. Por su flexibilidad, el BRT se deja integrar perfectamente en la fisionomía de la ciudad y ésta ha sido una importante razón para optar por un sistema que, además, tiene menores costes de inversión y la posibilidad de un despliegue más rápido causando menos trastornos para la ciudadanía.

Las cifras también lo avalan: la MetroGuagua es el transporte más recomendable para mover en torno a 45.000 usuarios al día, y nuestra ciudad se sitúa dentro de esa horquilla. Además, según los primeros cálculos, cerca de 14 millones de viajeros utilizarán la MetroGuagua al año.

Pero echemos una mirada a Francia, país que se considera la cuna en Europa de este medio de transporte. Actualmente cuenta con 17 proyectos en desarrollo y vías de implementación en diferentes ciudades y 25 se encuentran ya en explotación. En ciudades como Nantes, cuya experiencia hemos tenido oportunidad de conocer directamente desde el Área de Movilidad del Ayuntamiento, el BRT, allí conocido como Bus Way, fue rápidamente acogido por los habitantes de la ciudad. Hoy en día el transporte de viajeros supera las expectativas. El ahorro de tiempo que supone ha logrado reducir significativamente el número de viajeros de vehículo privado en su recorrido.

Se trata de un sistema de transporte masivo que, por su eficiencia, menor coste y flexibilidad, gana terreno al tren o al tranvía. Frente a los 17 proyectos de BRT, el país galo solo tiene dos de tren o tranvía en desarrollo.

Es un sistema de transporte versátil, de mayor o menor longitud dependiendo de la cantidad de usuarios que tenga, y para los que existen varios modelos en el mercado. Esta ventaja, unida a su menor coste en infraestructura, han hecho que el BRT tenga cada vez más peso, tanto en Francia como en el resto de países que apuestan por este modelo de transporte.

Desde algunos sectores se preguntan por qué este Ayuntamiento ha dicho ‘no’ al tranvía. Para conocer la respuesta solo hay que mirar más allá de nuestras fronteras: la infraestructura de un tranvía o tren cuesta de cuatro a 10 veces más que la del carril de la MetroGuagua. De ahí que desde el Consistorio apoyemos un transporte respetuoso con el medio ambiente, accesible, puntual y con una conexión inmejorable con otras formas de desplazarse, que cumple con la normativa europea de desarrollo sostenible y que además resulta más económico para las arcas públicas.

Artículo publicado en Canarias7 el 15 de abril de 2018

El 12 de octubre, los símbolos y el nacionalismo

En todos los estados modernos que se han construido, ha sido muy importante la elaboración intelectual que las élites han inventado sobre tradiciones y la creación, con creciente aceptación popular, de símbolos, ritos, y otros rasgos de la memoria colectiva.

Partiendo de esta base y de lo difícil que es teorizar sobre este tema, la comparativa del nacionalismo español con el francés o el estadounidense no deja lugar a dudas de una diferencia abismal en su origen. Mientras que éstos últimos nacen de un mito rupturista, donde básicamente la construcción de la nación se basa en que los de abajo, o sea los ciudadanos (burgueses y colonos) conforman la nación contra los dominadores internos y/o externos (aristocracia e ingleses) y esa lucha inaugura el mito fundacional de la nación, en el caso español, en cambio, la construcción de los mitos nacionales ha sido patrocinada y controlada por el poder absoluto, primero por las monarquías y después por las dictaduras del S.XX. Veamos.

Mientras que los símbolos, como la bandera, el himno o la fiesta nacional en Francia o EE.UU provienen de esa confrontación contra el poder y de procesos revolucionarios colectivos, en España la cosa es diferente, o más bien contraria.

En el estado español, la bandera en su origen es una enseña de la marina de guerra que finalmente instaura la monarquía a partir de 1908, nada que ver con la tricolor francesa. El himno, al contrario que La Marsellesa, se utilizaba como marcha real desde el S.XVIII. Por su asociación a la monarquía en su versión más reaccionaria, los liberales usaban el himno de Riego, que llegó a ser declarado himno oficial. La vinculación de la marcha real con el absolutismo, la falta de letra y su tardía implantación (se hizo oficial en 1910) impidió cumplir una función “nacionalizadora” como en otros estados.

Al igual que estos símbolos, la fiesta nacional, que se celebra este 12 de octubre (básicamente con un día de vacaciones y un desfile militar) nunca ha creado entusiasmo colectivo. Se instaura en 1918 como suma de cuestionables mitos, concretamente, como Día de la Raza (!), día de la Hispanidad, del descubrimiento de América y de la Virgen del Pilar. La comparación con el 4 o el 14 de julio no aguanta comentario serio. De poder lograr algo parecido en España, la fecha podría haber sido el 2 de mayo, y de hecho las Cortes (liberales) de Cádiz proclamaron esa fecha festiva, pero fue el rey Fernando VII (otra vez la monarquía) la que paralizó su instauración por sus connotaciones liberales.

Así pues, desde mi punto de vista, el fracaso para establecer un mito colectivo español se puede basar en varias cuestiones. Una primera, aunque quizás no la más importante, es la competencia establecida con la Iglesia Católica para controlar el espacio público y su ámbito simbólico. En segundo lugar y más importante es comprobar el fracaso de un proyecto nacionalista de corte liberal que dejó en manos de los sectores más reaccionarios de la sociedad el monopolio del españolismo. De esta forma, los mitos “nacionales” han quedado asociados a esa interpretación conservadora y de las recientes dictaduras, ya que los símbolos siguen siendo los mismos que los de aquellas.

La creciente normalización democrática desde los años noventa, la generalización de la simbología a través de los medios de comunicación y las más recientes victorias deportivas pueden dibujar un marco de normalidad, pero no es así. Una gran proporción de gentes de todos los territorios que piensan y se consideran de izquierdas rechazan (con distinta graduación) la citada simbología y los significantes del 12 de octubre. Así como muchas personas que viven en el País Vasco, Galicia, Cataluña, Valencia o Canarias no soportan esta simbología española no sólo porque puedan ser nacionalistas sino porque el historial de exclusivismo de la simbología española ha sido negacionista y agobiante (y a ésto no ayuda el nacionalismo exacerbado del que hace gala el principal partido conservador estatal, el PP).

Personalmente, simplemente me siento un canario que vive en el mundo. Los símbolos que me enamoraron en mi infancia y juventud no fueron ni la rojigualda ni la marcha real, juro que no lo hice con ninguna intención malévola. Espero que los españoles tolerantes (nacidos en cualquier sitio) que lean este artículo piensen en los argumentos aquí esgrimidos y entiendan un poco más a gentes que pensamos y sentimos como yo.

Solo me gustaría que en el futuro, una España republicana, más democrática, más plural, más justa, más moderna, más laica, y más tolerante lograra celebrar un “día de fiesta” que me motivara a brindar por ella y apostar por un estado diferente a construir entre todas las personas y los pueblos colectiva y fraternalmente.

Goebbels y las Comunidades Autónomas

Pues bien, parece que este “personaje” y su consigna ha revivido en el último año a costa de la política española y los discursos generados en torno a la crisis. La derecha mediática y un sector importante del Partido Popular y de UPyD han puesto el ventilador a funcionar con respecto a los males de las Comunidades Autónomas (CC.AA.) y a su supuesto “despilfarro”. No se si han tenido a Goebbles como inspiración, pero desde luego, la máxima de la mentira política que se repite todos los días está germinando en un sector de la población.

Pero vayamos a los argumentos contra la mentira. Se dice que las CC.AA. han despilfarrado y han acometido gastos superfluos. No seré yo el que defienda algunos desmanes cometidos por ciertos responsables públicos en lo que respecta, por ejemplo, a infraestructuras, pero no podemos olvidar la consideración más importante acerca del gasto público de las CC.AA. Estas se han convertido, sobre todo a partir del final del siglo XX, en las que mantienen el mayor peso del Estado del Bienestar. De esta forma, en torno al 75% del gasto de las mismas se ha centrado en sanidad, educación, servicios sociales, empleo y vivienda. Es decir, estas CC.AA. abonan el salario del personal médico, profesores/as, bomberos, etc.

Cuando se cuestiona el gasto de las CC.AA. se está en realidad cuestionando las políticas de servicios al ciudadano. Desde una visión liberal se puede estar en contra de que estas políticas se desarrollen, pero entonces que no se convierta en coartada para eliminar las CC.AA., tendrían que decir claramente que están en contra de esas políticas sociales para no engañar ni mentir al ciudadano.

El resto del gasto autonómico se concentra en infraestructuras (en ocasiones cofinanciadas) con un 7%, en I+D (en torno al 2%) y en otros gastos, desde culturales hasta seguridad. Algunos de estos gastos sin duda son cuestionables, desde un aeropuerto (sin aviones) hasta una policía autonómica de dudosa utilidad.

Pero en base a esto no se puede decir que “el gran problema de España” son los 17 parlamentos o algunas instituciones “duplicadas”, como por ejemplo, el Diputado del Común o el Consejo Consultivo. Estas instituciones se llevan un porcentaje mínimo del presupuesto autonómico. En el caso canario el dinero que se gasta en el Parlamento (con el sueldo a sus diputados), en el Diputado al Común, o en otras instituciones como estas, no es una cifra significante desde el punto de vista presupuestario. Estas instituciones no sobrepasan al año los 30 millones que ha pagado el Real Madrid por el jugador croata Modric.

Por otro lado, las CC.AA. han aguantado nuevos gastos en los últimos años que se aprobaban en Madrid y que había que desarrollar con insuficientes garantías económicas, siendo en este sentido el ejemplo más claro la Ley de Dependencia.

Tampoco se puede hacer un discurso homogéneo, es evidente que la distinta perspectiva de ingresos y gastos de cada comunidad también ha tenido que ver con la estructura productiva y el modelo económico de cada Comunidad. En este sentido no es comparable lo que puede recaudar y por lo tanto no incrementar la deuda, una Comunidad con desarrollo industrial y diversificación de la economía con otra centrada en sector servicios, donde por ejemplo el “pinchazo” de la burbuja de la construcción ha tenido mucho más peso.

En el proceso de transición el Estado autonómico ignoró la exigencia que en la historia ha marcado el buen éxito del federalismo, consistente en crear mecanismos horizontales de coordinación de los Estados miembros (por ejemplo un senado de verdad) y fijar inequívocamente los límites, por ejemplo sobre asunción de competencias cuasi-estatales y endeudamiento, respecto del Estado central.

Es evidente que el Estado español no solucionó bien un modelo en continua “negociación” y que debemos incidir en la senda del federalismo. No debe confundirse descentralización, nuevo reparto de poder y autonomía política con problemas de eficacia y eficiencia. Muchos Estados federales, como los EEUU o Alemania funcionan y son una solución, mientras que otros Estados unitarios, como Portugal o Grecia, atraviesan grandes dificultades.

Si se trata de discutir de eficacia, eficiencia y buena gestión, discútase a fondo y de todo, empezando por la supresión de delegaciones del Gobierno y ministerios inútiles, la supresión de Diputaciones Provinciales o una reestructuración y disminución de municipios como sí han hecho otras democracias de nuestro entorno.

El camino moderno y racional en este momento es el federalismo y no plantear debates tramposos, porque estas mentiras pueden llevarnos a que la “camisa de fuerza” del centralismo agote la paciencia de muchos ciudadanos. De todos depende que el espíritu de Goebbles no triunfe de nuevo en la política territorial española.

Artículo publicado en Canarias7 en 2012.

40 años de movimiento ecologista en Canarias. Una historia necesaria por hacer

La crisis ecológica mundial generada por la expansión de los sistemas socioeconómicos humanos casi hasta los últimos límites de lo conocido, caracterizada por la globalidad y la creciente irreversibilidad de los daños causados, por la modificación de los pasados equilibrios del planeta y la extensión de macrocontaminaciones ya no circunscritas a ecosistemas o regiones determinadas, sólo se hace evidente y palpable a partir de la segunda mitad de la década de los sesenta. Esta lenta pero creciente constatación de crisis se combina en nuestro archipiélago con una creciente percepción del gran cambio acaecido en Canarias con la llegada del desarrollo turístico, y las consecuencias que éste genera en todas las áreas: infraestructuras, urbanización de la vida cotidiana o pérdida de valores “tradicionales”.

En nuestro archipiélago también se dan algunas circunstancias importantes que determinan el tipo de ecologismo que hemos vivido. Algunas de éstas se podrían resumir en la fragilidad y limitación del territorio y, por ende, de los recursos, y la lucha que se ha desatado desde tiempos bastantes pretéritos por su control. Esta limitación del territorio provoca una marcada “topofilia” que se ve incrementada en tanto en cuanto el proceso de desarrollo se profundiza y se hace más evidente.

Además, a todo esto se une la lógica falta de libertad que generó el franquismo para dar posibles salidas o soluciones a esta época de cambios y conflictos a finales de los años sesenta y principios de los setenta.

En este contexto se va generando en Canarias la “toma de conciencia” sobre nuestra situación medioambiental y, a grandes rasgos, aparece poco a poco lo que denominaremos aquí movimiento ecologista.

La acción colectiva, las ideas y los discursos que se agrupan bajo el nombre genérico de ecologismo son tan diversos en Canarias (y en el resto de Occidente) que hacen dudar sobre la misma idea de un movimiento. Pero, como afirma Castells, «es precisamente esta diversidad de teorías y prácticas lo que caracteriza al ecologismo como una nueva forma de movimiento descentralizado, multiforme, articulado en red y omnipresente» (1).

Antes de comenzar a desgranar la historia del movimiento en Canarias, quería hacer una referencia a algunas peculiaridades propias que le caracterizan en nuestro archipiélago, que no por evidentes dejan de tener una gran importancia. Algunas de éstas son la fragmentación insular, que complica sobremanera no sólo la coordinación entre los colectivos de distintas islas, sino también la coordinación con el resto del movimiento ecologista a escala estatal. La geografía también cobra una gran importancia con la fragilidad y limitación del territorio, que hace el deterioro del medio mucho más visible. De esta forma, los “hitos del proceso de desarrollo” (centrales, incineradoras, carreteras, etc.) son imposibles de ocultar: ninguna instalación importante queda a más de uno o dos kilómetros de distancia de la población, por lo que suele tener una incidencia directa sobre ella. Precisamente es esta visibilidad del deterioro y la cercanía de los afectados las que hacen al movimiento ecologista en Canarias tener una conexión muy importante con las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos. Además, la importancia de las apuestas del Estado en la militarización del archipiélago (lanzaderas, radares, legión, campos de tiro, etc.), así como un creciente respaldo social al pacifismo, hacen del antimilitarismo y de la defensa del territorio contra los intereses militares –donde Fuerteventura y El Hierro se llevan la palma– un aspecto fundamental de la historia del ecologismo canario.

Las etapas del movimiento ecologista

Las primeras señales de este movimiento amplio las constituyen las ideas e inquietudes en 1966 en torno a lo que posteriormente fue la Asociación Canaria de Amigos de la Naturaleza (ASCAN) en la isla de Gran Canaria, una de las primeras asociaciones de este tipo en todo el Estado.

Establecer una tipología de este variado movimiento ecologista canario se muestra como una tarea bastante compleja no sólo por la complicación de “etiquetar” a cada uno de los colectivos o formas organizativas que se han ido gestando desde sus comienzos, sino también por la propia evolución que cada colectivo ha ido teniendo en estas décadas a partir de la transición democrática. De todas formas, nos atreveríamos a comentar que durante esos años setenta y ochenta, la gran mayoría de los colectivos, o las luchas de carácter ambiental, han tenido un origen marcado por su carácter conservacionista (2) o por la defensa de derechos básicos ciudadanos o de su propio espacio (3). Lógicamente, esto no quiere decir que estas características se mantengan “eternamente”, y, por otra parte, deberíamos decir que en realidad lo que se produce es una continua convivencia durante estas décadas de todas las tipologías del movimiento.

Podríamos caracterizar la primera etapa del fenómeno “ecologista” como fundamentalmente conservacionista. Esta etapa comienza, como hemos dicho antes, a finales de los sesenta y empieza a mutarse en los últimos años setenta. Son años de honda preocupación por la fauna, las plantas o los espacios naturales. Este período se caracteriza por la importancia de colectivos como ASCAN y ATAN (Asociación Tinerfeña de Amigos de la Naturaleza), pero también de pequeños colectivos que comienzan a nacer a mediados de los setenta y transforman poco a poco el panorama asociativo ecologista.

Estos dos colectivos, ASCAN y ATAN, tenían características muy parecidas; los dos comienzan su andadura en los mismos años y con temáticas similares, y los dos están conformados mayoritariamente por técnicos y sectores universitarios. Destacaron estas organizaciones por sus informes sobre aves y plantas en peligro de extinción, por su preocupación en torno a la problemática de los espacios naturales, y por desarrollar la primera propuesta para la declaración de parques marinos en las Canarias orientales. Estas campañas, lógicamente, sembraron una “semilla” que muchos jóvenes comenzaron a recoger.

Aunque en esta década persiste la defensa del medio natural y el paisaje, con los tímidos inicios de las libertades políticas, a partir de 1976, surgen asociaciones de diversa índole, preocupadas por temas de mayor contenido social, como el impacto del turismo o los residuos y la contaminación. Éstas comienzan a impulsar una “respuesta ciudadana” que predominará en los siguientes años. Es la respuesta que inicia la etapa medioambientalista, una etapa donde las clases medias urbanas tienen un gran protagonismo en la crítica a un modelo que cada día se les desenmascara de una forma más evidente. Se desmorona la “utopía urbana”, y estos sectores sociales son influidos además por las nuevas ideas que se respiran en estos años. El pacifismo, el nacionalismo y los valores identitarios se mezclan con las ideas ambientalistas, lo que transforma de una manera rápida el naciente movimiento ecologista. La forma de esta respuesta puede ser organizada de una manera más estable o bien puede ser esporádica en forma de plataformas o manifestaciones puntuales.

Así, en estos años nacen en Gran Canaria colectivos como Magec (1976) o Azuaje (1977), muy influenciados, sobre todo este último, por esa visión más amplia de la lucha ecológica. Magec y Azuaje fueron colectivos con un marcado carácter ecopacifista,de un envidiable dinamismo, que organizó actividades y luchas variadas, como por ejemplo, campañas de limpieza de playas, contra los juguetes sexistas, a favor de los carriles bicis o contra la OTAN.

A mediados de los años setenta nace también el colectivo Aulaga en Fuerteventura que, con una base social primigenia de maestros y profesores, comienza la lucha en defensa de las dunas de Corralejo y extiende sus labores al pacifismo y el antimilitarismo.

Entre tanto, en Tenerife nacían varios colectivos a finales de los setenta y principios de los ochenta que combinaban los contenidos conservacionistas con la “ecología social”. El más importante de ellos fue el Movimiento Ecologista del Valle de la Orotava (MEVO). Este colectivo del norte de Tenerife nace en 1979, aglutinando diversos sectores sociales (como maestros, estudiantes universitarios, trabajadores de hostelería, etc.) bajo una honda preocupación por el deterioro urbanístico que se vive en la zona de La Orotava (4). Este colectivo vive una crisis interna en 1982 que lo hace desaparecer como tal, aunque muchos de sus componentes van a seguir vinculados al ecologismo activo.

La profusión de grupos ecologistas

La década de los ochenta se convierte en una época de profusión de colectivos ecologistas de distintas dimensiones y características, en la que se van desarrollando sus propiedades. La lista de pequeños colectivos locales que nacen en esta época (de 1982 a 1992) y que tienen una corta vida activa (entre dos y cinco años) es bastante extensa. Sus diferencias derivan de las inquietudes de sus componentes y de las circunstancias peculiares del período en que se desarrollan en cada comarca o isla. Así, las distintas asociaciones que proliferan en La Gomera y La Palma manifiestan cierta propensión a abordar cuestiones referentes al modelo de desarrollo y a la ordenación del territorio (5). Las de Fuerteventura, como ya hemos dicho, imprimen a su acción un marcado carácter antimilitarista, además de preocuparse por cuestiones de gran relevancia insular (como el modelo energético). En las islas centrales los colectivos son muy variados, y su labor abarca distintos temas (como la contaminación marina, los problemas del litoral, el patrimonio histórico-cultural, la calidad de vida en la ciudad, la educación ambiental, etc.). Caso aparte supone la importancia del Guincho en Lanzarote, vinculado en sus orígenes a una figura de la importancia de César Manrique.

Junto a esta actividad asociativa más constante y estable, en Canarias, al igual que en otras zonas del mundo occidental, conviven otras fórmulas de organización social y formas de lucha, que en algunos casos nacen producto de la espontaneidad de unos vecinos y otras veces son fomentadas por la “oposición” política municipal; en suma, tienen objetivos concretos y una clara visión a corto plazo: en ocasiones, cuando acaba el problema, se acaba la lucha (6). Fue el caso, a mediados de los ochenta y principios de los noventa, de plataformas ciudadanas como la Coordinadora en Defensa del Rincón “Oponte al puente-Ponte al mar”; la lucha vecinal en oposición a la urbanización del palmeral de Santa Brígida, en Gran Canaria; la movilización por la playa de Valleseco (Tenerife), o los posicionamientos de la mayoría de vecinos de El Hierro o de Fuerteventura contra sendos radares militares en Malpaso y La Matilla. Destacables en este sentido fueron sin duda las movilizaciones desarrolladas por numerosos ciudadanos en defensa de las playas de Gran Canaria, que en el verano de 1988 lograron llevar con contundencia a la opinión pública las ideas de defensa de las playas como lugar de uso público, así como la necesidad imperiosa de su conservación.

Aunque había habido algunas experiencias conjuntas en distintas actividades o luchas, y también había habido intentos de coordinación entre colectivos en diversos momentos, no es hasta 1987 cuando hay un impulso decidido por parte de la mayoría del ecologismo canario en buscar fórmulas concretas para que se den mayores grados de unidad y coordinación.

Una de las primeras experiencias exitosas en este sentido son las I Jornadas “Salvar Canarias”, donde en Las Palmas de Gran Canaria, y a iniciativa e impulso de Veneguera, se reúnen por primera vez en la historia representantes de organizaciones ecologistas de todas las islas. Los organizadores centran el debate de estas jornadas sobre el sistema económico turístico imperante en el archipiélago y sus consecuencias, además de las posibles soluciones que el ecologismo canario podía aportar.

En parte por esta clase de experiencias, y en parte por una mayor madurez del movimiento, los distintos colectivos ponen en marcha un proceso más estable de debate y coordinación que haga mucho más efectivas las luchas en defensa del patrimonio natural y cultural del archipiélago. En ese sentido, se convocan unas reuniones anuales, que se celebran rotativamente en distintas islas, y que se comienzan a denominar Asamblea del Movimiento Ecologista Canario (AMEC).

Durante el final de los años ochenta y principios de los noventa, la AMEC ha apoyado varias luchas, siendo de las más destacadas la campaña de apoyo a la Coordinadora “Salvar el Rincón”, ante los intentos de urbanización de ese espacio agrícola de La Orotava, para lo cual se ejerció la Iniciativa Legislativa Popular con el fin de proteger la zona, lo que llevó a la recogida de más de 15.000 firmas (7). Otra lucha que promocionó la AMEC es la extensión de la pelea de la Asamblea Irichen a todas las islas contra los intentos de modificar la Ley de Espacios Naturales de Canarias para urbanizar el Charco Verde (La Palma).

Lógicamente, pese a esta esperanzadora trayectoria, no faltaron momentos difíciles y de conflicto en este proceso.

La federación ecologista Ben Magec

Aun así, este proceso de asambleas llevó casi inevitablemente a una forma de organización todavía más estable, la federación ecologista canaria Ben Magec. En la asamblea fundacional, celebrada en La Palma en febrero de 1991, firmaron como asociaciones fundadoras Altahay, ASCAN, el Colectivo de acción ecológica “Barrilla”, Cueva del Sol, Imidauen, La Vinca, Palo Blanco y Veneguera por Gran Canaria; ADENIH por El Hierro; Agonane por Fuerteventura; ATAN por Tenerife; El Guincho por Lanzarote; La Centinela por La Palma, y Guarapo por Gomera. Unos pocos meses después ASCAN y Barrilla se salen de la lista.

Con altibajos importantes, la organización de esta federación fue aumentando, y a partir de finales de los noventa da un giro importante. Deja de ser una simple coordinadora de “reuniones y campañas aisladas” para pasar a ser cada vez más una estructura organizada, que empieza a tener una importante presencia mediática y comienza a desarrollarse en sí misma como una identidad propia dentro del movimiento, donde la renovación generacional, el notable incremento de socios, la creciente infraestructura en Tenerife y Gran Canaria, así como la implicación en la confederación Ecologistas en Acción cambiarán su fisonomía para siempre.

De esta forma, estos últimos años han vuelto a demostrar la importancia de un movimiento social como el ecologista en Canarias, donde desde el año 1998 se han sucedido las manifestaciones y movilizaciones más importantes del archipiélago, y quizá de casi todo el Estado. En estos últimos años se han promovido cuatro iniciativas legislativas populares con un fuerte apoyo; manifestaciones contra el crecimiento turístico como la de Veneguera o Lanzarote, que congregaron a más de 10.000 personas cada una de ellas; manifestaciones contra la política especulativa en el litoral, en el Frente Marítimo de Las Palmas de Gran Canaria y Granadilla, esta última con más de 60.000 personas movilizadas; o la que reunió a más de 10.000 canarios de todas las islas que se han concentrado contra la militarización de El Hierro.

Todo esto demuestra que el movimiento ecologista en Canarias no sólo está vivo, sino que será digno de estudio de historiadores en el futuro, como el movimiento social más importante del archipiélago en la transición entre el siglo XX y XXI.

(1) Castells, M. (1997), La era de la información. Vol. 2, El poder de la identidad, Alianza Editorial, Madrid.

(2) Las definiciones de las organizaciones denominadas bajo este término son variadas según los distintos autores. Recogemos aquí una de Castells: «Se definen como amantes de la naturaleza y apelan a ese sentimiento en todos nosotros, prescindiendo de las diferencias sociales. Operan mediante las instituciones y utilizan a menudo la influencia política con gran destreza y determinación. Se basan en un amplio apoyo popular, así como en las donaciones de las elites acomodadas de buena voluntad y de las empresas (…) desconfiando de ideologías radicales y la acción espectacular que está en desacuerdo con la mayoría de la opinión pública» (Castells, 1997).

(3) Es lo que algunos autores como Ramón Folch o Riechmann llaman ambientalismo: «… Que luchan por un mejor ambiente y una mejor calidad de vida para los seres humanos, desde un punto de vista antropocéntrico». Folch, R. (1977), Sobre el ecologismo y ecología aplicada, Ed. Ketres, Barcelona; y Riechmann, J. y Fernández Buey, F. (1994), Redes que dan libertad, Paidós, Barcelona. Otros autores como Castells lo denominan como la movilización de las comunidades locales en defensa de su espacio, que «constituye la forma de acción ecologista de desarrollo más rápido y la que quizá enlaza de forma más directa con las preocupaciones inmediatas de la gente con los temas más amplios del deterioro ambiental» (Castells, 1997).

(4) La labor del MEVO en este tema de los espacios naturales fue de tanta relevancia, que el Cabildo de Fuerteventura le pidió a este colectivo que le ayudase en la catalogación de los espacios a proteger en la isla oriental. (Entrevista a Juan Pedro Hernández, en La Orotava en julio de 2002).

(5) Importante experiencia de unidad de acción y de debate fue la Asamblea Irichen, compuesta, a mediados de los ochenta, por varios colectivos ecologistas palmeros, que tuvo sus principales preocupaciones en la gestión de los espacios naturales y los residuos.

(6) Esto no quiere decir que las ocasiones de luchas de este tipo no hayan hecho brotar conciencia ambientalista en sectores sociales, y que de hecho algunos colectivos ecologistas se hayan nutrido de ciudadanos que han participado en ellas. Incluso algún grupo debe su fundación a una lucha de este tipo.

(7) Un hecho importante a destacar es que en la historia democrática de Canarias las iniciativas legislativas populares que se han presentado y han sido aceptadas en el Parlamento han tenido en su mayoría un claro cariz “ecologista”.