Canarias, asignatura pendiente en nuestra educación

El anuncio de la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias de que eliminará del temario obligatorio de 4º de Secundaria la asignatura de Historia de Canarias no solo ha suscitado una fuerte polémica, sino que ha vuelto a poner sobre la mesa una deuda pendiente que tenemos con nuestro propio pasado.

Cuando estudié Bachillerato -la actual Secundaria- a finales de los 80 y principios de los 90, lo único que me enseñaron fue lo que un extraordinario profesor, Alexis Orihuela (al que aprovecho para hacer un pequeño homenaje con estas palabras), nos relató sobre la Guerra Civil y el Franquismo en las Islas. Aunque quería saber más, confiaba en que, en la universidad, al estudiar Geografía e Historia, tendría la oportunidad de conocer en profundidad nuestro pasado.

Recuerdo todavía mi cara de asombro cuando el primer año de carrera la profesora de Geografía de España nos dijo: “como Canarias es un espacio totalmente distinto, Macaronésico, no lo vamos a dar porque es demasiado temario”. Fue la primera señal de que, efectivamente, de entre las más de 30 asignaturas solo iba a encontrar una optativa sobre Canarias.

Y así, de la Facultad salían licenciados en Historia y Geografía sin un bagaje formativo canario, a excepción de quienes se especializaban en Arqueología, por el evidente peso del mundo aborigen, y de quienes, como yo, investigamos sobre ello de forma autodidacta.

Ya entonces no estábamos conformes con esta situación y algunos, a través del Sindicato de Estudiantes Canario (SEC), reivindicamos con la campaña ‘Canarias, asignatura pendiente’ que se incluyeran estos contenidos en el temario obligatorio. Nos sumamos de esta forma al movimiento de organizaciones sindicales como el STEC y la llamada ‘Escuela Canaria’.

No digo nada nuevo si afirmo que es un consenso pedagógico la conveniencia de educar y lograr un desarrollo de la infancia desde la valoración de su propio entorno y contexto. Se hace necesario no solo por ser una herramienta de aprendizaje fundamental sino porque genera un proceso muy positivo de reforzamiento de la autoestima en los niños y en los jóvenes.

Estas últimas décadas hemos vivido momentos importantes de cambios en la estructura del sistema educativo y en las metodologías de enseñanza. La incipiente incorporación oficial de los contenidos canarios al sistema educativo se ha hecho en este proceso de cambio. Se trata de incorporar a la escuela nuestro acervo cultural para lograr que el alumnado sea capaz de interpretar la realidad canaria actual y sentirse parte de una sociedad viva.

La integración de los contenidos canarios no se debe concebir en oposición al resto de los contenidos que configuran el currículo. Al mismo tiempo que el alumnado aprecia, valora y se implica en la conservación de nuestro patrimonio (en todos sus ámbitos, cultural, lingüístico, histórico, natural, etc.) se está capacitando para apreciar la diversidad del patrimonio cultural de toda la humanidad en sus diferentes manifestaciones y formas.

Los avances en los últimos años con respecto a los contenidos canarios en la educación son significativos. En las dos últimas décadas hemos dado pasos importantes, como la inclusión de los mismos en el currículo de varias áreas temáticas. De esta forma, en los años 90 la Consejería de Educación puso en marcha el extinto Programa de Contenidos Canarios, que constituyó un primer peldaño en la integración de contenidos específicamente canarios en los currículos y en la confección de recursos educativos propios para facilitar la labor docente.

En la actualidad existe de forma oficial una incorporación de los contenidos canarios a los currículos de Primaria y Secundaria. De hecho, la Ley Canaria de Educación, establece en su artículo 5.2.m el objetivo de “fomentar el conocimiento, el respeto y la valoración del patrimonio cultural y natural de Canarias desde una perspectiva de creación de una convivencia más armoniosa entre la ciudadanía y el entorno”.

A pesar de todo esto, tenemos la sensación que muchos docentes valoran más que el alumnado sepa el papel de ERC en la II República que sobre la figura de Franchy Roca; que sepa los ríos de la Península Ibérica y Europa antes que la geografía física peculiar de nuestras islas; que conozca mejor el águila imperial que el guirre o el lagarto gigante de El Hierro; o que conozca la lista de reyes visigodos antes de los menceyes y guanartemes.

Y yo soy de los que creo firmemente que unos conocimientos no deben ir en detrimento de otros, sino que deben ser parte de un todo complementario e integral educativo.

Desde mi punto de vista se deja demasiado a la buena voluntad del docente la incorporación de estos contenidos. Los currículos en determinadas áreas son demasiado densos, lo que lleva a algunos profesores a ‘priorizar’ contenidos externos y generalistas antes que los propios. Por otro lado, la formación del profesorado es insuficiente porque el propio sistema educativo universitario en Canarias no se ha caracterizado históricamente por una profundización en los contenidos propios en las antiguas licenciaturas y diplomaturas, actuales Grados. Valga como ejemplo el mismo Grado de Historia, donde de un total de unas 45 asignaturas, nos encontramos exclusivamente con dos asignaturas semestrales obligatorias de contenidos canarios.

Por todo ello, mi deseo y reivindicación no se queda exclusivamente en que Consejería de Educación del Gobierno de Canarias rectifique su primera decisión y mantenga como asignatura obligatoria la Historia de Canarias en 4º de la ESO, sino que impulse nuevas medidas para hacer más tangible nuestra historia y nuestra cultura en las aulas y que Canarias deje, por fin, de ser una asignatura pendiente.

22-O, Historia de nuestra bandera

Con motivo del 22 de octubre, día de la bandera nacional canaria, me animo a reproducir aquí un artículo interesante sobre la historia de nuestra bandera, la canaria. Un proceso interesante, ya que entre otras cuestiones, el autor relata como llegamos a la bandera canaria autonómica, no sólo, a la conocida, como la de las siete estrellas verdes. El autor, Himar Cabrera, es un viejo amigo, e historiador, y el texto corresponde a una charla suya sobre la bandera canaria pronunciada el 21 de octubre de 2017 en un acto de Nueva Canarias.

Todos estamos siendo testigos de la gran cantidad de banderas (especialmente la española) colgadas en los balcones de nuestras ciudades. A algunos seguramente esto les genera esperanza y confianza; a otros, preocupación y a otros hasta miedo… a la gran mayoría, probablemente, indiferencia y hastío.

Los que esperen de esta charla una exaltación o un enaltecimiento a nuestra bandera de las siete estrellas verdes, les digo desde ya que no va a ser el caso. La democracia no se construye con símbolos, sino con personas. Son los acuerdos que estas personas son capaces de establecer para su convivencia, y que se expresan en forma de leyes, los que dan sentido a la democracia.

Sin embargo, todas las personas, mientras crecemos y a lo largo de nuestra vida, desarrollamos una identidad, tanto personal como colectiva. Y es esta identidad colectiva, que denominamos ciudadanía, el pegamento que nos une en lo que hemos sido, lo que somos y sobre todo, lo que queremos ser.

La ciudadanía, en tanto realidad humana y social, tiene un componente emocional evidente, nos guste o no. Hay mucha gente a la que no le gusta mezclar lo emocional con lo público. Entienden lo público como la lucha legítima de intereses económicos. Gente que se echa a temblar en cuanto escucha la palabra nación. Y tienen su parte de razón. No les faltan ejemplos históricos en los cuales palabras como nación o pueblo han servido para remover las emociones, con resultados tan poco edificantes como la Solución Final o el Gulag.

Yo no estoy en ese grupo. Creo que el concepto de nación es compatible con el de ciudadanía. Y no sólo compatible. Creo que el concepto de nación debe pasar inexorablemente por la aceptación de la ciudadanía; que la identidad colectiva pasa por el respeto y la aceptación del que no piensa como nosotros, del que es diferente a nosotros. Creo que los símbolos deben jugar un papel inclusivo, no exclusivo en la formación de la ciudadanía. Y que deben mover las emociones más nobles del ser humano y no las pasiones más descarnadas.

Veamos pues, si nuestra bandera canaria; la blanca, azul y amarilla, con siete estrellas verdes ha cumplido, cumple y puede cumplir en el futuro con esta premisa.

Mi intención es dividir la exposición en cuatro partes que seguirán un orden cronológico: en primer lugar, la primera mitad del siglo XIX, tomando como punto de partida el famoso Decreto de Guerra a Muerte de Simón Bolívar. En segundo lugar, el último tercio del siglo XIX y los comienzos del siglo XX, prestando atención a la figura de Nicolás Estévanez y su relación con la primera bandera canaria (la conocida como bandera del Ateneo). En tercer lugar, las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo, explicando el contexto socio-político en el que surge nuestra actual bandera. Y en cuarto y último lugar me referiré brevemente a la situación actual y plantearé algunos interrogantes a debatir, si lo creen conveniente. Empecemos.

Si pretendemos sostener que nuestra bandera canaria es inclusiva, debemos ser capaces de demostrar la existencia de una identidad política canaria, no basada en realidades étnicas o culturales, sino en la percepción de los canarios como un grupo homogéneo que merece tal reconocimiento, o sea, un grupo que es tratado por otros grupos de forma singular, a la hora de establecer relaciones dentro de un marco político.

Nuestro actual Estatuto de Autonomía reconoce este hecho, hasta cierto punto. En su artículo primero leemos:

“Canarias, como expresión de su identidad singular, y en el ejercicio del derecho al autogobierno que la Constitución reconoce a toda nacionalidad, se constituye en Comunidad Autónoma, en el marco de la unidad de la Nación española, de acuerdo con lo dispuesto en la Constitución y en el presente Estatuto, que es su norma institucional básica. La Comunidad Autónoma de Canarias, a través de sus instituciones democráticas, asume como tarea suprema la defensa de los intereses canarios, la solidaridad entre todos cuantos integran el pueblo canario, del que emanan sus poderes, el desarrollo equilibrado de las islas y la cooperación con otros pueblos, en el marco constitucional y estatutario”.

Sin embargo, yo creo que la identidad canaria puede ir más allá del “marco de la unidad de la Nación española” y es posible hablar de una ciudadanía canaria en los términos que he dicho antes. Para ello debemos viajar 200 años hacia atrás en el tiempo, a la Venezuela de Simón Bolívar.

En 1813, tras la caída de la Primera República de Venezuela a manos del ejército realista, los caudillos independentistas deciden poner en práctica la estrategia conocida como “guerra a muerte“, que significaba sembrar el terror en las filas enemigas (los españoles) bajo una acción sistemática de exterminio, o sea, matar SIEMPRE al enemigo, sin importar las circunstancias. De la puesta en marcha de esta estrategia nos han quedado algunos documentos interesantes:

Uno es el Convenio de Cartagena o Plan para Libertar Venezuela del abogado y coronel Antonio Nicolás Briceño. Dice uno de sus artículos:

El fin principal de esta guerra es el de exterminar en Venezuela la raza maldita de los españoles de Europa sin exceptuar los isleños de Canarias, todos los españoles son excluidos de esta expedición por buenos patriotas que parezcan, puesto que ninguno de ellos debe quedar con vida no admitiéndose excepción ni motivo alguno…” (Cartagena de Indias, 16 de Enero de 1813).

Las tesis de Briceño son aceptadas por Bolívar en parte y 6 meses después firma su muy conocido Decreto de Guerra a Muerte:

“Españoles y canarios contad con la muerte aunque seáis indiferentes, si no obráis por la liberación de América, Venezolanos contad con la vida aunque seáis culpables” (Ciudad de Trujillo, 15 de junio de 1813).

A primera vista lo que llama la atención a cualquier canario de hoy en día es la distinción explícita entre españoles y canarios que realizan tanto Briceño como Bolívar. Recordemos además, que los caudillos sudamericanos ya conocen la Constitución aprobada en Cádiz, que los reconoce como españoles, aunque de un “hemisferio” distinto.

Lo que nos indican ambas declaraciones es que los criollos perciben y entienden como algo distinto al español “continental” y al “isleño”, no desde un punto de vista étnico (lengua y aspecto) y por supuesto no desde un punto de vista económico o social, sino desde los posibles derechos y deberes a asumir en un estado guerra. Debemos entender que los caudillos venezolanos sienten la necesidad de aclarar que los canarios correrán la misma suerte que el resto de españoles, lo que nos lleva a concluir, que entraba no solo dentro de lo posible, sino de lo lógico, que el canario era miembro de una comunidad característica, merecedora de derechos distintos al del resto de españoles en tiempo de guerra.

Por lo tanto, y como conclusión a esta primera parte, vemos como la identidad canaria se conforma desde la percepción del otro en el continente americano a finales del Antiguo Régimen. Ser canario, para todo el que no lo es, es haber nacido en Canarias. Y ello merece relaciones diferenciadas en cuanto al establecimiento de recíprocos derechos y deberes. No es casualidad que el nacionalismo canario naciera en América y que las banderas señeras de nuestra identidad ondearan antes al otro lado del océano. Aunque suene paradójico, la identidad y la ciudadanía canarias nacen en América. Y esa consciencia viaja por el Atlántico durante el siglo XIX, añadiendo una dimensión de pertenencia isleña, gracias a la obra, entre otros, de Nicolás Estévanez.


En mi opinión, Nicolás Estévanez (1838-1914) es una de nuestras personalidades más singulares y peor reconocidas, especialmente dentro del sistema educativo.

La figura de Nicolás Estévanez: poeta, estadista, pensador y eterno conspirador, merece estar por derecho propio, junto a Viera, Agustín de Bethencourt, Pérez Galdós o Alfredo Kraus en la lista de canarios universales (soy muy consciente de que faltan mujeres en esta lista).

Con sus luces y sus sombras, Nicolás Estévanez representa esa visión romántica de la “patria canaria”. Una visión que ha tenido profunda impronta en amplias capas de nuestra sociedad gracias a sus poemas. En el ideario de Estévanez, un republicano federal, la identidad canaria se fundamenta en dos pilares: el geográfico y el político-social.

Desde el plano geográfico debemos recordar sus famosos versos en el Canto VII de su poema Canarias:

mi patria no es el mundo,

mi patria no es Europa

mi patria es de un almendro

la dulce, fresca, inolvidable sombra

Como bien indica Nicolás Reyes González en su libro Desde la sombra del almendro, para el gran político y pensador, la identidad y el espíritu isleños se construyen sobre los barrancos, las peñas, las fuentes naturales de agua, las sendas, las chozas, en una palabra, el paisaje de su infancia. Dice Reyes González “El poema Canarias en su totalidad y el Canto VII en particular, puede ser leído, escuchado y sentido por todos los canarios y canarias, y puede por lo tanto, ser asumido como un canto a la totalidad del archipiélago

Además, desde el plano político-social, y como firme defensor de la libertad individual y colectiva y soñador de una República Federal Universal, para Estévanez es derecho natural de todos los canarios construir un mundo mejor con otros pueblos, no desde la imposición, ni la dependencia, ni la servidumbre, sino desde la conciencia de ser únicos y libres. Su poema “Mis Banderas” es el primero en hacer alusión a una bandera canaria y dice así en algunos de sus versos:

“Se me aparece roja, azul y blanca

en lienzo rojo

el Teide azul de cúpula nevada

españoles y autónomos seremos

los africanos hijos de Canarias

cuando los pueblos vivan

en plena y efectiva democracia”.

Para Estévanez, que navegó en su vida, desde el republicanismo federal y democrático hasta el anarquismo, el símbolo de la bandera canaria debe ser un símbolo demócratico e integrador y la patria canaria, el conjunto de mujeres y hombres limitados y hermanados al mismo tiempo por esa barrera que nos define: el mar.

En Estévanez no hay contradicción entre realidad geográfica africana y españolidad de Canarias, que sólo tiene sentido si así lo deciden los canarios en una sociedad libre y democrática. Su amistad con Secundino Delgado, al que logra sacar de prisión gracias a una intensa campaña en Madrid y a pesar de sus diferencias ideológicas, pone de manifiesto este profundo sentir democrático.

El nacimiento de la bandera


Es indudable que la actual bandera canaria apareció y se popularizó al calor de los movimientos independentista y autonomista durante las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado.

Con anterioridad había ondeado una bandera (la conocida como bandera del Ateneo) en La Laguna a principios del siglo XX, de fondo azul con siete estrellas blancas dispuestas en el lienzo siguiendo la disposición geográfica de las siete islas.

Bandera del “Ateneo” izada en La Laguna a principios del S.XX

La historia de la primera bandera canaria está ampliamente documentada. Fue tan paseada en América, como prohibida en Canarias, siendo la última referencia que tenemos de ella un artículo de prensa publicado en Santa Cruz de Tenerife en 1936.

Pero habremos de esperar, como ya he dicho, a la reaparición de grupúsculos de corte independentista y autonomista a partir de los años 60 del pasado siglo para llegar a la bandera actual.

El MIC (Movimiento pro-Independencia de Canarias) y la RIA (República Independiente del Atlántico), desconocedores probablemente de la bandera del Ateneo, plantearon nuestro símbolo como una refundación de los colores que enarbolaban los buques isleños desde el siglo XIX y que representaban las dos provincias marítimas de las islas (amarillo y azul para Gran Canaria con cabecera en el Puerto de la Luz y blanco y azul para Tenerife). Estos colores eran además muy populares, entre otras cosas, por ser los colores de los equipos de fútbol señeros de Las Palmas y Santa Cruz.

Sin embargo, la opción que cobrará más popularidad será la ideada por Arturo Cantero Sarmiento, miembro del movimiento “Canarias Libre” y que fue lanzada por primera vez y de forma masiva en la Villa de Teror, en forma de papel y tamaño folio, el 8 de septiembre de 1961, durante las fiestas en honor de la Virgen del Pino.

Los colores siguieron siendo el blanco, azul y amarillo, pero esta vez formando franjas verticales como mensaje de igualdad entre islas (ningún color por encima del otro). Las siete estrellas verdes fueron añadidas tres años más tarde por el movimiento MPAIAC de Antonio Cubillo en coordinación con “Canarias Libre” cuyos miembros, en su mayoría, se encontraban todavía en prisión.

Desde el primer momento la bandera tricolor con siete estrellas verdes se hizo tremendamente popular (requisito fundamental de todo símbolo que se precie). Aspecto que hay que agradecer, entre otras cosas, a la que sin duda ha sido una de las mejores campañas de marketing político que ha conocido el archipiélago; me estoy refiriendo sin duda al cántico “Me gusta la bandera”.

Tanto la bandera del Ateneo como la bandera tricolor de las siete estrellas verdes tuvieron una contestación represiva desde Madrid y no fueron aceptadas por la llamada burguesía canaria. Esto no se debió en ningún caso a una especial inquina al símbolo en sí, sino a la nula pretensión de las clases dominantes en Canarias de generar un nacionalismo burgués al estilo europeo. Estos sectores de la sociedad canaria siempre se sintieron más cómodos en la seguridad de un sistema político que asegurase la gestión de los capitales extranjeros en las islas y la protección legal, policial y militar del Estado español.

El republicanismo y el africanismo representado en las siete estrellas verdes de la bandera tricolor se entendieron como algo peligroso, suscitando desconfianza y hasta miedo en algunos sectores de la burguesía canaria, que veían en las ideas autonomistas e independentistas, peligrar los lazos que el dinero establece con los mercados europeos e internacionales, a través del turismo y el comercio, especialmente el de cultivos de exportación.


Con la llegada de la Transición democrática y la Autonomía, la solución estatutaria al problema de la bandera canaria fue aceptar los colores blanco, azul y amarillo y su disposición en franjas verticales, pero retirando las siete estrellas verdes e incluyendo, aunque no se especifique de forma legal, el escudo monárquico (otro debate aparte merece la tonalidad del azul, pero es un debate que excede esta charla).

Como dije al principio, no creo que una bandera sirva para formar una sociedad más democrática, pero sí que puede ayudarnos a entrever los problemas que se esconden tras los símbolos, o sea, los problemas de construir una identidad colectiva.

Aceptada la igualdad entre todas las islas, al menos de forma teórica y simbólica, debemos reflexionar sobre la identidad y la ciudadanía a través de las siete estrellas de nuestra bandera.

Las siete estrellas verdes simbolizan los valores sobre los que es preferible fundar una sociedad democrática: el interés general de todos y la soberanía del conjunto sobre las minorías poderosas. A su vez, el verde de esas estrellas simboliza nuestra geografía; el dónde estamos y la tierra que pisamos.

Y me quedo con Estévanez en que la construcción de la ciudadanía canaria debe tener por pilares a las personas y a los elementos del paisaje que esas personas deben preservar.

En nuestra convivencia debe primar, más allá de nuestras diferencias y las legítimas aspiraciones de libertad, igualdad y prosperidad, el cuidado de aquello que queremos que perdure por generaciones.

No es coincidencia que las mayores movilizaciones en Canarias de los últimos años hayan sido las respuestas masivas de la gente al intento de romper el equilibrio entre el territorio y las personas.

Y a la cabeza de esas manifestaciones ha estado SIEMPRE la bandera de las siete estrellas verdes.

El marco institucional actual permite juegos con el territorio ante los que la ciudadanía ha tenido que movilizarse. Y mientras esperamos la llegada de un marco institucional más apropiado, tenemos nuestra bandera, para no olvidar quiénes somos y el fin último de pisar esta tierra.

La “ultraderecha”, de las Fake-News al bulo histórico

Vivimos una época de repunte histórico del populismo de derechas, de la derecha radical o de la “ultraderecha”, como cada uno quiera o prefiera designarla. Al tradicional y fuerte “Frente Nacional” de Lepen en Francia, se le han sumado los Bolsonaro, Salvini o Trump, y más cerca de nosotros en el último año, el partido denominado “Vox”.

Estos partidos o lideres han venido utilizando la estrategia deliberada de la desinformación de forma creciente a través de las redes, cuyo gurú a partir de la campaña de 2016 en EE.UU. es Steve Bannon. De una forma muy resumida su estrategia se concreta en decirle a los electores lo que quieren oír. Reforzar sus ideas. Crear un enemigo que sirva de amalgama entre una diversidad de colectivos heterogéneos y afinar técnicas comunicativas para aderezar la información (verdadera o falsa) a fin de ponerla al servicio de una causa o de un candidato. Lo suyo son la posverdad y la propaganda.

Pero recientemente no sólo he podido comprobar la utilización de este tipo de desinformación de noticias actuales por parte de la derecha, sino un ejercicio deliberado del bulo histórico. No hablo de la distinta interpretación de acontecimientos, sino de su deliberada creación de eventos históricos. Es probable que hasta ahora el lector piense que estoy hablando de la polémica generada por Ortega Smith llamando asesinas y violadoras a las “13 Rosas”, que no merece ni comentario porque se inscribe en la estrategia “Bannon” de intoxicación, pero este ha sido el caso más conocido porque lo protagonizaron ellos mismos, pero no el único. Es menos conocido el “titular” aparecido en varios medios digitales que afirma que “el fascismo siempre fue de (extrema) izquierda”.

Me atrevería a decir que esto se ha generado por una reacción de defensa ante la acusación de “fascistas” de una parte de la población a estas tendencias políticas. No quiero ahondar en este post en el debate sobre una posible definición como fascistas de partidos como Vox o de Bolsonaro. Desde una visión “academicista” no sería correcto definirlos así, ya que aunque tengan determinadas características que se acerquen a algunas de las tradicionales ideas fascistas, no cumplen con los requisitos necesarios para que se les denomine así, como los definí al principio de esta post considero mucho más certero y justo denominarlos como “derecha radical”. Creo que estos han pensado que la mejor defensa es un ataque y están acusando a la izquierda de algo que no gusta a nadie, que es ser fascista.

Lo que es incuestionable es que ninguna corriente de las ciencias históricas ha defendido nunca la tesis de que el fascismo sea un movimiento de izquierdas. Ni siquiera el afamado Stanley Payne, historiador nada sospechoso de izquierdista, la incluye entre las posibles interpretaciones del fascismo. Este discurso que quieren popularizar se basa en un supuesto origen izquierdista de Mussolini o del “Nacional-socialismo”. Es evidente que el discurso propagandístico del fascismo quería atraer a las clases populares y obreras (mayoritarias en Italia y Alemania en los años 30), pero eso no significa que su propuesta, como se demostró posteriormente en la gestión económica, tuviera una verdadera preocupación por revertir o modificar la relación entre capital y trabajo. Por poner sólo un ejemplo con Alemania, el partido Nazi llegó al poder gracias al apoyo de los grandes industriales alemanes (Porsche, Bayer, BMW, Siemens, Volkswagen,…) que no sólo le pagaron la campaña electoral (y hasta un avión para hacer varios mitines diarios) sino que después se lo “cobraron” en forma de suculentos contratos millonarios y con la eliminación de la legislación laboral defensora de los trabajadores emanada de la república de Weimar. Además la colaboración de la derecha “económica” (de Von Papen) fue clave para logra el poder.

Tampoco es razonable hablar de que era un “socialismo nacionalista”, ya que en ningún momento los partidos fascistas generaron una política de nacionalización y control estatal cuando gobernaron. La política económica subordinaba en teoría, y en el discurso propagandístico, a la iniciativa privada al interés general pero, en realidad, favoreció a la gran patronal y a los terratenientes, potenciando el crecimiento económico en torno a la industria pesada y las grandes empresas.

Tanto en política como en la vida, la coherencia entre lo que se dice y se piensa y entre lo que se hace y se ejecuta es muy importante. Tanto en la derecha como en la izquierda hay muchos ejemplos de incoherencia pero desde luego el fascismo y Hitler nunca quisieron llevar adelante ningún plan oculto de izquierda radical o revolucionario de clase sino más bien todo lo contrario, mantener el “status quo” existente. No dejemos que nadie distorsione la memoria histórica porque de lo contrario estaremos condenados a volver a repetir los errores del pasado.

Pedagogía política para entender nuestro futuro

Creo que en la política falta mucha pedagogía, sin duda, en los momentos actuales se necesita claridad y sinceridad sobre lo que está pasando y lo que puede pasar en los próximos meses. En los últimos tiempos hemos vivido a demasiados líderes de gobierno defendiendo que todo lo han hecho bien y a otros desde la oposición criticándolo todo. Poca capacidad en general de explicar lo que ocurre a la ciudadanía y las limitaciones y posibles respuestas desde la administración. En cambio, existen excepciones como Justin Trudeau, el primer ministro de Canadá o intervenciones ante esta crisis de Angela Merkel que nos muestran a nivel internacional que es posible explicar con transparencia las situaciones.

Me parece que en esta entrevista Román Rodríguez, Vicepresidente y Consejero de Hacienda del Gobierno de Canarias, hace un buen ejercicio de esa pedagogía y transparencia necesaria y nos transmite de forma muy clara que la realidad canaria después del coronavirus puede atravesar una de las situaciones más difíciles de nuestra historia.

Les invito a ver la entrevista sin prejuicios y poder hacerse una idea de la gravedad de lo que esta pasando. Canarias está en un situación todavía más vulnerable que el resto de los territorios, no sólo por su condición de territorio fragmentado, sino por su dependencia en un 40% del sector turístico (tres veces más que el resto del estado).

Algunos mensajes claros que me gustaría destacar:

.- “La última crisis supuso 3 puntos de caída en el PIB. La de ahora puede suponer unos 20 puntos”.

.- “La única forma de hacer frente a esta situación es el endeudamiento público y no va a haber recursos porque estos vienen de los impuestos y estos van a caer estrepitosamente (un 85%) sin embargo el Gobierno de Canarias tendrá que pagar las 65.000 nóminas, incluidas las de los 25.000 sanitarios que están en primera línea defendiendo nuestra vida”.

.- “Necesitamos que la Europa rácana interprete correctamente esta crisis y que corrija los errores del pasado”.

.- “Los puntos de endeudamiento deben ser iguales al retroceso que sufra la economía, (…) para pagar las pensiones, prestaciones por desempleo, los ERTEs, para invertir en sanidad, educación, vivienda, servicios sociales, etc”.

No les cuento más, también critica como se han gestionado algunas cuestiones en esta crisis, pero creo que lo mejor es que lo vean ustedes mismos….

Corrupción, ¿Fuimos siempre tan críticos?

Corría el año 2006 cuando almorzaba con un grupo de amigos de profesiones variadas. Arquitectos, ingenieros, medianos empresarios, abogados, trabajadores de banca,… “España va bien y Canarias mejor” era una frase recurrente en este grupo y en la sociedad en su conjunto. Había trabajo a raudales y el dinero se movía con suma facilidad. La fiesta era imparable.

En esa amena tertulia algunos poníamos encima de la mesa la necesidad de abordar la corrupción política y empresarial, así como la defensa de un modelo político más democrático y transparente. Hacíamos hincapié en que el reinado del ladrillo, que campaba a sus anchas, tenía en sus entrañas un monstruo que podía llevarnos a un abismo moral y económico, y que vivíamos un desarrollismo galopante con obras públicas muchas veces no solo absolutamente inútiles, si no también con la sombra de la corrupción.

No seas aguafiestas. Las cosas van bien y la política no tiene mucho arreglo, déjala como está”. Esta era la respuesta de la mayoría de estos amigos y de la ciudadanía en su conjunto, cuando muchos de los partidos políticos que se presentaban con imputados y encausados por corrupción arrasaban en la urnas en numerosos pueblos y ciudades. Eran los tiempos en los que los analistas decían que la corrupción política no tenía consecuencias electorales. Todos conocemos casos flagrantes: Mogán, Lanzarote, Valencia, etc… Esos mismos tiempos en los que la mayor parte de los ciudadanos veía toda infraestructura como positiva y necesaria sin importarle a dónde iba la “mordida”. ¿Qué fue lo que cambió?

Creo que la crisis económica y nuestra posterior decadencia han provocado que la política y la corrupción presidan todas las mesas a la hora de comer. Lo que ha desatado este interés y la critica a los políticos ha sido la responsabilidad de las élites políticas y financieras en la génesis de la crisis, su modo de gestionarla y las dramáticas consecuencias laborales y sociales que ha producido, así como la acertada percepción general de que los gobiernos han priorizado la preservación de las rentas y los privilegios de los poderosos y las políticas de “austeridad” impuestas por las instituciones europeas.

Si a todo esto añadimos el continuo reguero de cientos de casos de corrupción, larvados precisamente en esos años de bonanza económica, y que las redes sociales han permitido a los ciudadanos tener acceso a una información global, unas veces objetiva y muchas otras falsa, da como resultado un caldo de cultivo que ha puesto en jaque el sistema bipartidista y toda la concepción tradicional de la política.

La preeminencia pública que adquiere este asunto se refleja con frecuencia en lo que las encuestas denominan “percepción de la corrupción y el fraude como problema”. Si se analizan los índices de esta variable en las últimas décadas, se observa que a principios de los noventa la preocupación de los ciudadanos por la corrupción se situaba en niveles parecidos a los actuales. Seguramente influyó también la crisis económica que vivimos en aquella época, en la que la tasa de paro alcanzó el 20%. En pocos años, al tiempo que mejoraba la situación económica descendía el indicador de la percepción de la corrupción, a pesar de que la burbuja inmobiliaria ofreciera una oportunidad nunca vista a las prácticas especulativas y delictivas. En este sentido se puede comprobar la relación causa-efecto entre crisis económica y critica a la corrupción. ¿Podría pasar lo mismo con la esperada recuperación? No sería deseable.

En este momento no es políticamente correcto sacar a relucir la responsabilidad ciudadana y es evidente que las élites tienen una cuota de culpabilidad muy alta en todo lo que ha sucedido, pero desde luego creo que si desde toda la sociedad no se hace una autocrítica a lo que fuimos e hicimos durante un largo tiempo, esta indignación actual no servirá de mucho. Es preciso tomar conciencia de que una lucha a fondo contra la corrupción ha de conllevar no solo cambios reglamentarios y políticos, sino también formación y pedagogía política, planes educacionales y compromisos individuales y colectivos. Es precisa la cohesión moral de la sociedad para vencer a la corrupción.

Esta crisis ha generado una sana vocación política en una parte importante de nuestra sociedad y nuestra juventud, anteriormente dormida. Es responsabilidad de todos, partidos, sociedad civil y ciudadanía, que no se quede en gestos simbólicos (como reducción de sueldos, coches oficiales, etc…), sino que a partir de ahora se tomen medidas contundentes para exterminar esta lacra que amenaza la democracia y nuestra comunidad. Es obligación de todos y todas demandar un nuevo modelo de democracia, más transparente y participativo, una revisión del sistema electoral y de partidos y una profunda reorganización territorial y competencial, en definitiva, la necesaria reforma de la Constitución.

Artículo publicado en Canarias7 en 2015.

El 12 de octubre, los símbolos y el nacionalismo

En todos los estados modernos que se han construido, ha sido muy importante la elaboración intelectual que las élites han inventado sobre tradiciones y la creación, con creciente aceptación popular, de símbolos, ritos, y otros rasgos de la memoria colectiva.

Partiendo de esta base y de lo difícil que es teorizar sobre este tema, la comparativa del nacionalismo español con el francés o el estadounidense no deja lugar a dudas de una diferencia abismal en su origen. Mientras que éstos últimos nacen de un mito rupturista, donde básicamente la construcción de la nación se basa en que los de abajo, o sea los ciudadanos (burgueses y colonos) conforman la nación contra los dominadores internos y/o externos (aristocracia e ingleses) y esa lucha inaugura el mito fundacional de la nación, en el caso español, en cambio, la construcción de los mitos nacionales ha sido patrocinada y controlada por el poder absoluto, primero por las monarquías y después por las dictaduras del S.XX. Veamos.

Mientras que los símbolos, como la bandera, el himno o la fiesta nacional en Francia o EE.UU provienen de esa confrontación contra el poder y de procesos revolucionarios colectivos, en España la cosa es diferente, o más bien contraria.

En el estado español, la bandera en su origen es una enseña de la marina de guerra que finalmente instaura la monarquía a partir de 1908, nada que ver con la tricolor francesa. El himno, al contrario que La Marsellesa, se utilizaba como marcha real desde el S.XVIII. Por su asociación a la monarquía en su versión más reaccionaria, los liberales usaban el himno de Riego, que llegó a ser declarado himno oficial. La vinculación de la marcha real con el absolutismo, la falta de letra y su tardía implantación (se hizo oficial en 1910) impidió cumplir una función “nacionalizadora” como en otros estados.

Al igual que estos símbolos, la fiesta nacional, que se celebra este 12 de octubre (básicamente con un día de vacaciones y un desfile militar) nunca ha creado entusiasmo colectivo. Se instaura en 1918 como suma de cuestionables mitos, concretamente, como Día de la Raza (!), día de la Hispanidad, del descubrimiento de América y de la Virgen del Pilar. La comparación con el 4 o el 14 de julio no aguanta comentario serio. De poder lograr algo parecido en España, la fecha podría haber sido el 2 de mayo, y de hecho las Cortes (liberales) de Cádiz proclamaron esa fecha festiva, pero fue el rey Fernando VII (otra vez la monarquía) la que paralizó su instauración por sus connotaciones liberales.

Así pues, desde mi punto de vista, el fracaso para establecer un mito colectivo español se puede basar en varias cuestiones. Una primera, aunque quizás no la más importante, es la competencia establecida con la Iglesia Católica para controlar el espacio público y su ámbito simbólico. En segundo lugar y más importante es comprobar el fracaso de un proyecto nacionalista de corte liberal que dejó en manos de los sectores más reaccionarios de la sociedad el monopolio del españolismo. De esta forma, los mitos “nacionales” han quedado asociados a esa interpretación conservadora y de las recientes dictaduras, ya que los símbolos siguen siendo los mismos que los de aquellas.

La creciente normalización democrática desde los años noventa, la generalización de la simbología a través de los medios de comunicación y las más recientes victorias deportivas pueden dibujar un marco de normalidad, pero no es así. Una gran proporción de gentes de todos los territorios que piensan y se consideran de izquierdas rechazan (con distinta graduación) la citada simbología y los significantes del 12 de octubre. Así como muchas personas que viven en el País Vasco, Galicia, Cataluña, Valencia o Canarias no soportan esta simbología española no sólo porque puedan ser nacionalistas sino porque el historial de exclusivismo de la simbología española ha sido negacionista y agobiante (y a ésto no ayuda el nacionalismo exacerbado del que hace gala el principal partido conservador estatal, el PP).

Personalmente, simplemente me siento un canario que vive en el mundo. Los símbolos que me enamoraron en mi infancia y juventud no fueron ni la rojigualda ni la marcha real, juro que no lo hice con ninguna intención malévola. Espero que los españoles tolerantes (nacidos en cualquier sitio) que lean este artículo piensen en los argumentos aquí esgrimidos y entiendan un poco más a gentes que pensamos y sentimos como yo.

Solo me gustaría que en el futuro, una España republicana, más democrática, más plural, más justa, más moderna, más laica, y más tolerante lograra celebrar un “día de fiesta” que me motivara a brindar por ella y apostar por un estado diferente a construir entre todas las personas y los pueblos colectiva y fraternalmente.

Goebbels y las Comunidades Autónomas

Pues bien, parece que este “personaje” y su consigna ha revivido en el último año a costa de la política española y los discursos generados en torno a la crisis. La derecha mediática y un sector importante del Partido Popular y de UPyD han puesto el ventilador a funcionar con respecto a los males de las Comunidades Autónomas (CC.AA.) y a su supuesto “despilfarro”. No se si han tenido a Goebbles como inspiración, pero desde luego, la máxima de la mentira política que se repite todos los días está germinando en un sector de la población.

Pero vayamos a los argumentos contra la mentira. Se dice que las CC.AA. han despilfarrado y han acometido gastos superfluos. No seré yo el que defienda algunos desmanes cometidos por ciertos responsables públicos en lo que respecta, por ejemplo, a infraestructuras, pero no podemos olvidar la consideración más importante acerca del gasto público de las CC.AA. Estas se han convertido, sobre todo a partir del final del siglo XX, en las que mantienen el mayor peso del Estado del Bienestar. De esta forma, en torno al 75% del gasto de las mismas se ha centrado en sanidad, educación, servicios sociales, empleo y vivienda. Es decir, estas CC.AA. abonan el salario del personal médico, profesores/as, bomberos, etc.

Cuando se cuestiona el gasto de las CC.AA. se está en realidad cuestionando las políticas de servicios al ciudadano. Desde una visión liberal se puede estar en contra de que estas políticas se desarrollen, pero entonces que no se convierta en coartada para eliminar las CC.AA., tendrían que decir claramente que están en contra de esas políticas sociales para no engañar ni mentir al ciudadano.

El resto del gasto autonómico se concentra en infraestructuras (en ocasiones cofinanciadas) con un 7%, en I+D (en torno al 2%) y en otros gastos, desde culturales hasta seguridad. Algunos de estos gastos sin duda son cuestionables, desde un aeropuerto (sin aviones) hasta una policía autonómica de dudosa utilidad.

Pero en base a esto no se puede decir que “el gran problema de España” son los 17 parlamentos o algunas instituciones “duplicadas”, como por ejemplo, el Diputado del Común o el Consejo Consultivo. Estas instituciones se llevan un porcentaje mínimo del presupuesto autonómico. En el caso canario el dinero que se gasta en el Parlamento (con el sueldo a sus diputados), en el Diputado al Común, o en otras instituciones como estas, no es una cifra significante desde el punto de vista presupuestario. Estas instituciones no sobrepasan al año los 30 millones que ha pagado el Real Madrid por el jugador croata Modric.

Por otro lado, las CC.AA. han aguantado nuevos gastos en los últimos años que se aprobaban en Madrid y que había que desarrollar con insuficientes garantías económicas, siendo en este sentido el ejemplo más claro la Ley de Dependencia.

Tampoco se puede hacer un discurso homogéneo, es evidente que la distinta perspectiva de ingresos y gastos de cada comunidad también ha tenido que ver con la estructura productiva y el modelo económico de cada Comunidad. En este sentido no es comparable lo que puede recaudar y por lo tanto no incrementar la deuda, una Comunidad con desarrollo industrial y diversificación de la economía con otra centrada en sector servicios, donde por ejemplo el “pinchazo” de la burbuja de la construcción ha tenido mucho más peso.

En el proceso de transición el Estado autonómico ignoró la exigencia que en la historia ha marcado el buen éxito del federalismo, consistente en crear mecanismos horizontales de coordinación de los Estados miembros (por ejemplo un senado de verdad) y fijar inequívocamente los límites, por ejemplo sobre asunción de competencias cuasi-estatales y endeudamiento, respecto del Estado central.

Es evidente que el Estado español no solucionó bien un modelo en continua “negociación” y que debemos incidir en la senda del federalismo. No debe confundirse descentralización, nuevo reparto de poder y autonomía política con problemas de eficacia y eficiencia. Muchos Estados federales, como los EEUU o Alemania funcionan y son una solución, mientras que otros Estados unitarios, como Portugal o Grecia, atraviesan grandes dificultades.

Si se trata de discutir de eficacia, eficiencia y buena gestión, discútase a fondo y de todo, empezando por la supresión de delegaciones del Gobierno y ministerios inútiles, la supresión de Diputaciones Provinciales o una reestructuración y disminución de municipios como sí han hecho otras democracias de nuestro entorno.

El camino moderno y racional en este momento es el federalismo y no plantear debates tramposos, porque estas mentiras pueden llevarnos a que la “camisa de fuerza” del centralismo agote la paciencia de muchos ciudadanos. De todos depende que el espíritu de Goebbles no triunfe de nuevo en la política territorial española.

Artículo publicado en Canarias7 en 2012.